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la historia de esta santa

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la historia de esta santa

Mensaje  cristian candia el Sáb Dic 15, 2018 9:48 am

¿QUIÉN ES JUANA FREMYOT DE CHANTAL?
Ella misma se nos presenta: "Soy Juana Francisca Frémyot, natural de Dijón, capital de Borgoña, hija del señor Frémyot, presidente del Par–lamento de Dijón, y de la señora Margarita de Barbisey." Es por tanto, compatricia de San Bernardo de Claraval, nacidos ambos en la misma Dijon, sólo que Bernardo en su castillo a dos kilómetros y Juana, en el centro de la ciudad. A los veinte años casó con el barón de Chantal, y pasó a ser la baronesa de Chantal por lo tanto, cuya familia descendía de la familia de San Bernardo. Su estatura física alta, noble y porte majestuoso, hermosa sin fingimientos ni coqueterías; y temperamento jovial y abierto. Piadosa sin presagiar la grandeza de su futura santidad. Enamorada impetuosamente de su marido y correspondida con el mismo amor.

INCERTIDUMBRE
Cuando no veía al señor de Chantal -dice ella-, empezaba a sentir en su corazón grandes atractivos de pertenecer a Dios totalmente; pero todos estos pensamientos los concentraba en la conversación y en la vuelta del –Señor de Chantal." Es el síntoma de las inquietudes y angustias con que Dios orilla sus llamadas, sobre todo, las de aquellas que han de tener resonancias sociales mundiales y eclesiales. Habría que preguntarle a San Ignacio y a San Enrique de Ossó y, no digamos a Santa Teresa de Jesús, que casi perdió la vida en la lucha. “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos” Nosotros actuaríamos de distinta manera. Iríamos más directamente. Quiero preparar una fundadora, primero que permanezca soltera lo que facilitará después mi propósito y, sobre todo, que no llegue a formar una familia, pues esto complicará más mis planes. Y también haríamos sufrir menos a la candidata, ¿qué sentido tiene que maten a su esposo, mejor no haberlo tenido? ¿Medimos el dolor de aquella esposa, madre, que ve a sus cuatro hijos huérfanos? Todo se va a complicar. Pero nosotros vemos el bordado del revés, desde la parte inferior del bastidor. El que ve el bordado correctamente desde el sitio del bordador, contempla armonía en la combinación de los colores, en la belleza del dibujo, en la obra de arte que contemplamos.

OTRA VEZ EL MUNDO
Cuando el barón regresaba y estaba presente, volvía ella también a su vida ordinaria de fiestas, de cacerías, de visitas y de toda suerte de distracciones. Es natural, esos son los frutos de la naturaleza que está tratando de torpedear la gracia con sus trazas y caminos inextricables, inverosímiles, que sólo cuando en la luz de Dios veamos la trama, comprenderemos la magnificencia del bordado. A todos los hilos les veremos razón, santidad y belleza, como obra del Supremo Artista La vida de los dos esposos fue un idilio de diez años, que terminó con una tragedia. Un día el barón fue herido involuntariamente por uno de sus mejores amigos en una cacería. Juana corrió hacia él, temblorosa, y escuchó: "Amiga mía, la senten–cia del Cielo es justa; hay que amarla y morir." "No, no –replicó ella-, es preciso que te cures." Y añadía: "Señor, tomad todo lo que tengo en el mundo, pero dejadme a mi esposo." A los ocho días el barón expiraba, dejando a Juana Francisca el cuidado de sus cuatro hijos. Ella le lloró "con diluvios de lágrimas incomparables". Su único consuelo era estar sola y llorar. Su castillo le parecía poco desierto; y se iba a des–hacerse en llanto en un bosquecillo cercano. Cuando se dieron cuenta de que pasaba las noches de rodillas, rezando y llorando, empezaron a vigilarla para conseguir que se acostase. A los cuatro meses se había convertido en un esqueleto."

EMBATES DE DIOS
Brusquedad, a veces de los asaltos de Dios a las almas escogidas. Llegaba un amor nuevo, que reina en la noche, y asoma su luz deslumbrante a momentos. Dios ocupa el puesto del hombre sin dejarse ver ni tocar, aunque deja efectos comprobables de su presencia. Juana es madre: sus hijos la vuelven a ver sonriente como antes; los enfermos, los pobres la encuentran más humana; los familiares, los íntimos, se admiran de su cambio y de su presencia de ánimo por el que se sobrepone a sí misma y reanudar su vida cotidiana. Sólo le resultaba imposible, oír nombrar al asesino del barón. Siete años más tarde, aún resistirá a las insinuaciones del obispo de Ginebra, deseoso de la reconciliación.

TINIEBLAS
Por fuera claridad aparente; por dentro, la noche Al más profundo dolor se juntan las tinieblas de la tentación. Cortó las soliciles del mundo e hizo voto de castidad; pero los asaltos a la fe eran cada día más terribles. Necesita un director que la saque de la oscuridad, y un sentimiento sobrenatural le dice que no tardará en llegar. Ávida de dirección, pero ignorante de las cosas divinas, acepta el yugo de un fraile petulante y tiránico, que la ata con las promesas absurdas. La ingenua candidez de la baronesa durante dos años se llenó de escrúpulos, cargó con acciones indiscretas y torturantes. Comprendía que no era aquél el camino, pero seguía los menores consejos del pastor con docilidad de mansa cordera.

SE ACERCA EL DIRECTOR NECESARIO Y PREPARADO
En la cuaresma de 1604, Juana Francisca, sabe que Francisco de Sales; Obispo de Ginebra, viene a predicar a Dijón y comenzó a oír sus sermones. Empezaron a conocerse: él, con lentitud prudente; ella, sin titubeos. "Desde que tuve la dicha de conocerle-dirá más tarde-, le llamé santo desde el fondo de mi corazón." Mientras duró la Cuaresma, la baronesa se sentaba frente al predicador para verIe y oírle mejor. El santo empezó pronto a fijarse en aquella viuda, que escuchaba con tanta atención, preguntó al obispo de Bourges, justamente hermano de la baronesa: "¿Quién es esa señora joven de tez morena clara, que viste de viuda y se coloca en frente de la cátedra del predicador?" Después Juana y Francisco se entrevistaron repetidas veces en la casa del presidente Fremyot, que celebraba viendo en su mesa al obispo de Ginebra. Juana "le seguía a todas partes, siempre que podía."

PRUDENTE OBSERVACION
En su conversación, San Francisco de Sales, que nunca termina– cuando escribe, era reservado y parco en palabras, más amigo de observar que de hablar. Observaba a la señora de Chantal, y la joven viuda "morena clara" se le presentaba como un enigma. Seria y jovial, concentrada y fácil, tímida y ardiente, sencilla y elegante, nada parecía indicar en ella la actividad de su vida interior. Sus labios estaban cerrados a toda confidencia. "A nadie comunicaba nada -dice ella–- sino con gran temor, aunque la bondad del obispo me invitaba a hacerla, y yo me moría de ganas de hablar." El obispo se esforzaba por echar la sonda, incluso llegó a preguntarle si tenía intención de casarse, Y respondió que no. "Entonces sería bueno arriar la bandera." Ella comprendió, y al día siguiente arrinconó todas sus galas y apareció en público con un vestido di una sencillez extremada, con sólo un pequeño encaje de seda. El obispo quedó encantado de aquella docilidad. -"Señora -le dijo-, ¿estaríais menos bien si esos encajes no figurasen ahí?" Ella se levantó inmediatamente y arrancó aquellos adornos con su propia mano.

POR FIN
Un miércoles santo, Juana se decidió a abrir su alma con timidez al obispo. Salió tan confortada de la entrevista que le parecía que había hablado con un ángel. Francisco no se apresura a recibir aquella alma que se entrega a su dirección y que lleva en la frente y en los ojos el sello del heroísmo. Como si tuviera miedo ante la riqueza de sus dones naturales y los efectos maravillosos que la gracia estaba empezando a producir en ella. Pasan largos meses de incertidumbre en Francisco él y de crisis en Juana; hasta que un día de agosto de 1604 se encuentran en Annecy, a medio camino entre Borgoña y Saboya. Con el obispo están su madre, su hermana y sus amigos. La baronesa trae también su séquito. Hechas las presentaciones, el obispo pasa diestramente el cortejo a su madre, "y tomando aparte a su querida hija espiritual, hizo que le contase todo lo que había pasado en ella; y ella habló con tal claridad, sencillez y candor, que no olvidó el menor detalle. El santo prelado escuchó muy atentamente, y sin decirle una sola palabra, se separaron. Y Francisco escribe a Juana: “Nunca me distraigo en la misa, pero desde que os conozco, sobre todo en la misa, vuestra imagen y recuerdo no se separa de mi mente.

DECISION
Un día, muy temprano, fue en su busca. Estaba muy cansado y abatido. "Sentémonos -le dijo-; estoy: fatigado, y pensando toda la noche en vuestro asunto, no he podido dormir. Veo claro que la voluntad de Dios es que me encargue de vuestra dirección espiritual y que sigáis mis consejos– Después permaneció un poco en silencio, y levantando los ojos al cielo, continuó: "Señora, ¿os lo diré? Debo decirlo, puesto que es la voluntad de Dios. No os extrañéis de que haya tar–dado en resolverme: quería conocer bien la voluntad de Dios, para que no haya en este asunto más que la intervención suya."

SANTA LIBERTAD
"Aquella misma mañana dice el: relato biográfico- Juana Francisca hizo su confesión general con el obispo. Hay una palabra que resume el método que siguió San Francisco en la dirección de Santa Chantal: la palabra libertad. Me quejaba -dice ella- de que no me mandaba bastante." Pero al mismo tiempo experimentaba que acababa de salir de una cautividad interior. Francisco, atento a la acción de Dios en las almas, no quería entorpecer esa acción con la suya. Es prudente, además, porque no– está bien seguro de las posibilidades que aquella naturaleza de mujer tan excepcional y, elegida. Pero la tarea que él sueña también necesita gestos sublimes y fortaleza varonil.

INFLUENCIA DE SANTA TERESA
Aún no hace un cuarto de siglo que Santa Teresa ha muerto. Había dejado sembrados dieciocho monasterios en España. Cuando va a actuar Francisco de Sales, las carmelitas ya han penetrado en Lisboa, Portugal, con María de San José y el padre Gracian de la Madre de Dios. Ahora las carmelitas de Santa Teresa, acaban de ser introducidas en Francia por Ana de Jesús, “la capitana de las prioras”, como la llamaba Santa Teresa y la predilecta de San Juan de la Cruz, aunque alguna vez había opinado mal de la designación de San Juan llamando hija suya a Santa Teresa y replicaría,”que lo es muy de verdad de mi alma. A estas alturas ya se han establecido en Dijón. Juana ya se relaciona con ellas. Francisco no impide su relación con las monjas españolas, cosa de competencias desgraciadamente tan corriente por los celos humanos, sino que la favorece, y goza viendo a Juana envuelta en aquella brisa mística que llega de Avila. La mística y los modos teresianos dejarán un rescoldo fecundo en la vida espiritual de la baronesa, que imprimirá una huella en la espiritualidad de Santa Juana, Así lo testifican sus propias confesiones: “De campestre que era, la hicieron ciudadana de la mística. Eso le alentó a ascender de los primeros grados de la oración y la liberó de la sumisión excesiva a los métodos de la oración ordinaria. A los asiduos a los monasterios de la Visitación les resultará familiar el verbo latino ”cucurri”. Forma parte de un salmo latino que reza así: “Mandata tua cucurri, cum dilatasti cor meum”, “guardé gozosamente tus mandamientos uando ensanchaste mi corazón” Se refiere la frase la delicia que siente un alma cuando es conducida por el Espíritu Santo por la vía mística, que se goza por los Dones del Espíritu santo y no por las virtudes. Juan Francisca estaba en disposición de empezar su obra.

FUNDADORA
En la primavera de 1607 la baronesa volvía a Annecy para conocer lo que su director pensaba hacer respecto a ella. "Fui en su busca -nos dice ella misma- con la mayor indiferencia que pude." Francisco escucha, observa y calla. Durante una semana entera examina la voluntad de Dios en un silencio solemne y dramático. "Pero el día siguiente a la fiesta de Pentecostés -dice una discípula de la santa-, habiéndola llamado después de la misa, con un semblante grave y serio, y de una manera que indicaba al hombre absorto en Dios, le dijo: "Bueno, hija mía, ya he resuelto lo que voy a hacer de ti". "Y yo Padre mío, estoy resuelta a obedecer." Así respondió ella, de rodillas. El obispo permaneció en pie a dos pasos de ella, y después de una pausa, continuó: "Muy bien; es preciso que entres en Santa Clara." "Dispuesta estoy, Padre mío" -contestó ella. "No-replicó el obispo-, no eres bastante fuerte; tendrás que ser Hermana del hospital de Beaune." "Como os guste." "No, no es eso lo que quiero -agregó él-; debes ser carmelita." "Ahora mismo, monseñor", repuso ella. Aún la propuso otros varios proyectos para probarla, y vió que era una cera derretida por el calor divino, dispuesta a recibir cualquier forma de vida religiosa. Le expuso al: fin su idea de fundar una nueva congregación, el instituto de la Visitación de Santa María. La vocación que Francisco quería desarrollar era la de religiosas que visitaran a los pobres, de ahí su nombre de la Visitación y visitandinas. Era pronto aún y el obispo no le permitió que salieran del claustro y tuvo que aceptar la renuncia a su primer planteamiento que, un poco después tomará San Vicente de Paul para sus Hijas de la Caridad

LA DESPEDIDA
En 1610 todo estaba preparado en Annecy para recibir a las primeras visitandinas. La señora de Chantal abandonó su casa el día de San José. La despedida dió lugar a una escena emocionante. Todos lloraban, y ella misma, a pesar de la violencia que se hacía, estaba deshecha en llanto. El mayor de sus hijos, Celso Benigno de Rabutín Chantal, el que será un día padre de la marquesa de Sevigné, se colgó a su cuello esforzándose por retenerla con sus caricias. Ella le cubría de besos y respondía a todas sus razones con un valor admirable. A fin se arrancó violentamente a los brazos de su hijo, y se dispuso a marchar. Entonces, Celso Benigno, desesperado por no poder detener a su madre, se tendió en el umbral, y dijo estas palabras: "Madre, pasa si quieres, si te atreves a pasar sobró el cuerpo de tu hijo." Dudó ella un momento y se detuvo con el corazón oprimido; pero, cobrando luego nuevas fuerzas, ~ sonriendo a través de las lágrimas, echó a andar, ganó la calle de un salto y subió a su carroza. Durante un rato caminó en silencio y con los ojos arrasados en lágrimas; después se tranquilizó súbitamente y entonó el cántico de la liberación. Su agonía había terminado.

EL HOGAR
Entre Chambery y Ginebra, sobre una de las colinas que descienden de las cumbres del San Bernardo y del Mont-Blanc, está Annecy. Es una ciudad pequeña. El primer convento del instituto, entre huertos y arboledas, fuentes cristalinas y plátanos seculares. Así se presentaba al mundo el instituto de la Visitación, concebido por el fundador con el mismo espíritu que la Introducción a la vida devota, pórtico de la santidad cristiana. Es un error querer desterrar a las persona débiles de la vida cristiana, a quien no es capaz de soportar los rigores del Carmelo, pero ni lo oficios de la noche, ni los ayunos, ni las disciplinas, son necesarios para llegar a la santidad. La Visitación será el Carmelo de los frágiles, de los enfermos. "Esta con–dición -escribe Francisco- ha sido dirigida para que ninguna aspereza pueda apartar a los débiles de dedicarse a la perfección del amor." Esta frase refleja con toda precisión el programa del nuevo instituto, y las primeras salesas lo cumplieron de una ma–nera admirable, llegando a convertirse en maestras del amor o para el mismo fundador. En aquellos días gloriosos, la Visitación fue para él un campo de experiencias místicas, donde las semillas fecundas luego habían de germinar en el Tratado del amor divino.

PRIMERA OBSERVANTE
La Madre Juana era la primera en los deberes de la observancia. ´Nuestro Padre -dice una de las primeras visitandinas- deseaba, que las Hermanas hagan la cocina y los oficios domésticos una tras otra. Nues–tra Madre, si no estaba enferma, jamás se dispensaba de servir y cocinar la semana que le tocaba. En el gran jardín de la casa acogen a los niños de los pobres, la Madre encontraba gran suavidad en estos ejercicios bajos y domésticos. Aunque su principal cuidado era fundar bien a sus hijas: en la vida interior y del espíritu; y por la gracia divina, muchas tuvieron en poco tiempo oración de quietud, de sueño amoroso, de unión altísima; y luces extraordinarias de los misterios divinos en que estaban absortas; y algunos arrobamientos y éxtasis..

SE REVELA LA MUJER DE GOBIERNO
La mujer sumisa y confiada, que parecía incapaz de dar un paso sin el gobierno de otro, se había convertido en una maestra insigne; la discípula tímida y obediente se había revelado con un carácter maravillosamente dotado para el gobierno. De repente, camina de ciudad en ciudad, organiza comunidades en todas las provincias de Francia, atiende a todos los detalles de la administración, dirige treinta, sesenta y hasta ochenta casas y mantener una correspondencia europea. Sin la vivacidad, sin la elocuencia de Santa Teresa tiene su profundo sentido práctico. Hablaba poco y con sequedad. "Preguntadme -decía a sus hijas-; no soy predicadora; sólo sé hablar cuando me preguntan.". Sus cartas son breves, y dirigidas siempre a la acción. Por el desdén de la forma, recuerdan las de San Vicente de Paul. Por el pensamiento, por la pasión, por la luminosidad, son reflejo de un espíritu elevado, firme, ardiente y un poco autoritario. Juana Francisca había nacido para mandar. Su porte de reina, su mirada, su gesto, su voz, eran las de un jefe nato. Con menos virtud, hubiera llegado a ser altiva, imperiosa, inclinada a la severidad e intranigente ante la resistencia. Felizmente, la gracia de Dios, la dulzura comunicativa de San Francisco de Sales y la santidad corrigieron ese fallo, desarrollando en su alma una humildad y una dulzura que, nos admiran más por no ser naturales.

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